El 21 de junio de 2020, se cumplen 207 años de la Batalla de Vitoria, un acontecimiento que marcó la Historia de mi ciudad aunque, realmente, el desarrollo de la misma se produjo en las inmediaciones de la localidad. De hecho el General Álava, al mando de las tropas hispano-británico-portuguesas junto con el Duque de Wellington, solicitó permiso a éste para acudir a Vitoria y ordenar el cierre de las puertas de la muralla con el objetivo de impedir el saqueo por parte de los soldados aliados.

Esta batalla ubicó a Vitoria en el mapa de Europa. Supuso la derrota que conlleva la expulsión definitiva de los franceses de la Península Ibérica, que habían invadido cinco años atrás. El mismo año Beethoven compuso la Opus 91, conocida como La Victoria de Wellington o La Batalla de Vitoria.

Con este artículo no pretendo hablar del acontecimiento en sí, sino de uno de los símbolos de mi ciudad, el monumento a la Batalla de Vitoria que preside uno de los lugares más emblemáticos de Vitoria-Gasteiz, la Plaza de la Virgen Blanca.

Nos encontramos en unos días de actos iconoclastas derivados del asesinato por parte de la policía estadounidense del ciudadano George Floyd el pasado 25 de mayo. Esto ha hecho que el debate sobre las imágenes se encuentre de plena actualidad.

Como historiador del arte, soy partidario de la conservación de las imágenes. Me parecen importantes tanto por su valor material como por el documental. Además creo que destruir este tipo de imágenes contribuye a aumentar el olvido de nuestra Historia.

Surgimiento del monumento.

Desde las Cortes de Cádiz, ya se fomentó la celebración de cada batalla a través de la erección de monumentos que fueran impulsados por las instituciones de cada ciudad. De hecho, en la sesión del 2 de julio de 1813 el diputado alavés Manuel Arístegui presentó una moción para erigir un monumento a la Batalla de Vitoria que fue aprobada al día siguiente. Sin embargo, aunque hubo antes varios intentos, el actual monumento no se inauguró hasta el 4 de agosto de 1917. El concurso para la realización del mismo fue ganado por el escultor valenciano Gabriel Borrás.

Análisis de la obra.

En el discurso de inauguración del monumento, el alcalde de la ciudad, el conservador Guillermo Elío Molinuevo, hizo referencia al remate del mismo. En 1917 Europa se encontraba inmersa en plena Gran Guerra. En la parte superior del monumento aparece una Niké alada, pero esta imagen de la victoria lleva una ramita de olivo que simboliza la paz, de la que es predecesora la Batalla de Vitoria.

Creo que esto es lo que nos debe de enseñar este episodio de la Historia, los horrores de las guerras que sacan lo peor de la condición humana. La Batalla de Vitoria se desarrolló en el contexto de la Guerra de la Independencia que Goya reflejó en “Los desastres de la guerra”, estampas que también deberían hacernos reflexionar sobre esto.

Si analizamos lo que se representa en las esculturas de esta obra, en el primer cuerpo de la cara principal destaca el personaje que, siguiendo las normas del concurso, era imprescindible que apareciera en el mismo: el General Álava. Ante éste el pueblo se encuentra en actitud de agradecimiento al militar vitoriano. La guerra supone que los jóvenes tengan que combatir en la contienda, falleciendo muchos de ellos en ella, que haya que abastecer a las diferentes tropas que se encuentran en el territorio, que durante la batalla se destruyan las cosechas, que tras éstas se saqueen las ciudades, cosa que como hemos apuntado anteriormente no sucedió en la Batalla de Vitoria gracias a la intervención de este personaje.

En el siguiente lado de este primer registro aparecen soldados heridos, muertos, derrotados que representan las víctimas directas que deja la violencia de los enfrentamientos militares. También hay esculpida una mujer con un cofre que representa la riqueza que se dilapida durante una guerra. Y, lo más importante, una mujer que abraza a su hijo, alegoría de la Caridad, el Amor y la Fecundidad, tan escasos en tiempos bélicos. La madre y el niño también pueden hacer referencia a las viudas y huérfanos, también víctimas de esta violencia.

Si se continúa rodeando el monumento, aparece Marte, el dios de la Guerra, que con su capa lo destruye todo. Con el dedo señala a dos pequeñas figuras a caballo, José I y Napoleón Bonaparte, el único camino que les queda, el de regreso hacia su patria, aunque Francia se encuentra en la dirección opuesta a la que señala el dedo de Marte.

En el segundo cuerpo figuran en sus ángulos los escudos de los países aliados en esta batalla contra los franceses. El material utilizado, a diferencia del piso anterior realizado en piedra, es el bronce. Cada cara representa a un general de cada nación aliada, destacando en el frente del monumento el Duque de Wellington. Este nivel hace referencia a la acción propiamente dicha, aunque no aparezcan los derrotados.

Rematando el monumento, como hemos dicho antes, destaca la Victoria alada, coronada de laurel y con una rama de olivo en la mano al traer la paz. Junto a ella se representa la alegoría de España con una corona torreada y un león que pisa un águila que simboliza el imperio vencido. Los atributos que identifican a ésta la identifican con la diosa Cibeles que presenta a las ciudades erigidas sobre la Tierra y que aquí protege a Vitoria, cuyos ciudadanos aparecen identificados mediante un personaje desnudo.

En conclusión, las imágenes tienen que estar presentes en el espacio público. En ocasiones sería importante contextualizar lo que éstas representan, por un lado, para no olvidar la historia y, por otro, para que nos documenten la época en la que fueron realizadas.

Aunque cuando se erige este monumento glorifica una victoria militar, en la actualidad, fijándonos atentamente en las imágenes representadas, se pueden hacer otras lecturas. En primer lugar, el monumento representa muy bien los desastres de la guerra, por lo que nos los debería recordar. La violencia sólo lleva a la destrucción y, tenemos que tener presente que, los ideales por los que lucharon en esta guerra fueron ignorados por el deseado monarca que restauró el absolutismo y la inquisición. También nos debería recordar que toda idea, quizá las desarrolladas en la Revolución Francesa no fueran malas, pierde legitimidad cuando se impone por la fuerza, como hizo Napoleón invadiendo el continente.

 

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